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15 jul. 2011

Epílogo

Sabes bien que soy sincero. Es verdad que huyo, me escondo a veces, como sabiendo que de encontrarme, no podría resistirme a decir la verdad solamente. Es por eso que muchos que me conocen poco o mal piensan que soy un mentiroso, aunque a mí me gusta más pensar de mí como una persona transparente pero reservada.
Sabes bien que soy amante de la verdad, siempre la destapo y la vierto sobre la mesa, como derramándola de un recipiente lleno de palabras que se caen de los bordes y lo ponen todo perdido. Así es la verdad, así debe ser, pienso yo. O al menos mi verdad. Sabes también que cuando decido abrir ese bote, ya por que me veo acorralado o porque quiero un cambio, el olor de mis palabras puede durar días y no sólo en la habitación, también en nuestra piel. Incluso he percibido ese olor desagradable después de una charla de teléfono o una conversación virtual contigo. Siempre es la misma sensación. Me siento pegajoso y supongo que tú también, después de todo no soy yo el único que dice sus verdades aunque las tuyas son menos elaboradas...
Sabes bien que le doy mucha importancia a las palabras. Bueno, en realidad los gestos -las acciones- están por encima, pero normalmente tú no eres muy de gestos. Lo mejor que cabe esperar de ti cuando llega el momento de sincerarse es que trates de hacer que tus palabras se adhieran más fuertemente a la habitación y a mi piel. Tratas de debilitarme para que horas después acepte de ti el olor de cualquier ramo de flores -aunque sean de plástico- con tal de disimular el estropicio. Siempre que termino de hablar contigo sobre estas verdades acabo con la misma sensación de incertidumbre, normalmente mayor que la que me llevó a destapar mi particular caja de Pandora.
A veces, cuando hablo, me escuchas y dejas que me desangre lentamente de ideas. Entonces te plantas e incluso muestras tus dientes como dejando claro que no estás dispuesto a cargar con el peso de mis palabras, que al fin y al cabo son exageraciones mías... Prefieres dejarme aturdido y nervioso, como con un remolino de azúcar y cafeína navegando por mis venas y agitando mis vísceras. En ese momento no sé debajo de qué meterme, no sé si sería mejor parar el tiempo, rebobinarlo o hacer que pasara lo más rápido posible.
Busco entre mis recuerdos, que hace no mucho solían ser de ambos. Me empiezo a preguntar si tú los recuerdas tan bien como yo. Me pregunto por qué no te parecen lo suficientemente buenos como para empezar a limpiar hombro con hombro toda esta porquería que acabamos de dejar ahí, sobre la mesa, encima de otra porquería de días y días atrás. Me tendré que conformar perfumando un poco la habitación y tratando de disimular el desastre con un mantel y un jarrón vacío, suponiendo que vengas más tarde o mañana con un ramo de flores.
Entre tanto, ojeo los recuerdos y los álbumes de fotos de antes de que aparecieras en mi vida, como si buscase ya a alguien para reemplazarte... De repente llamas a la puerta, me nacen mariposas donde antes sólo había sangre hirviendo. Abro la puerta y me llama la atención tu sonrisa siniestra. Bajo la mirada y salgo de dudas: me has traído un ramo de flores de plástico, y en la casa sigue oliendo a vómito.

7 jul. 2011

Correspondencia

...Y entonces me acordé de ti.
Me acordé de las esquinas de tu cara,
a mitad de camino entre tus orejas
y tu barbilla. Me acordé
de tu pelo negro equino. Me acordé
de tus muslos, con los vellos en corona.
De tus ojos, de tu vientre, de tus pies
erógenos, de tu pecho, de tu espalda
y de tu sexo.
Me acordé de tu tacto, de tu olor
a nada, del calor de tu pecho.
Me acordé de tu mirada, de tu voz
y tus abrazos y tu forma de ocupar
el espacio.
Me acordé de nuestra canción,
de nuestros polvos, de nuestras risas.
Me acordé de los enfados, de los lloros
y las reconciliaciones.
Me acordé de todo eso en un solo momento
y en ese momento supe que estaba vivo.
Por eso hipotecaría mi vida por ti,
por que si no te tengo la vida
no tiene sentido.

(Octubre de 2007)

6 jul. 2011

Contradictio in terminis

Eres muchas cosas de mí,
sin saberlo.
Eres mi conciencia, mi sexo,
los remordimientos amargos,
los recuerdos.
Eres mi último verano y
mi presente, el polo positivo
de mi negatividad.
Eres mi locura, mi ambición,
mi vicio. La comida que me sacia,
la sed que me seca la garganta.